miércoles, 25 de noviembre de 2015

HOY COMIENZA UN NUEVO DÍA



Con todo mi respeto y cariño, para todas las personas que sufren este problema.
Ármate de valor y toma las riendas de tu vida.
Ánimo, sigue adelante. Lucha, por y para tí.
No estás sola. No aguantes más.
Vive.



Aquí estoy, una vez más, sentada en la orilla de esta playa, la que tantas veces ha sido testigo de mis alegrías y mis lamentos. Veo como las olas chocan y se rompen contra las rocas, igual que las palabras chocan y se rompen, una y otra vez, en mi cabeza. <<¿Habré hecho lo correcto?>> Una vez más, comienzan a aparecer las dudas y los temores, pero todo ha terminado y ya no hay marcha atrás. Ya he tomado la decisión. Vuelvo a ser libre aunque no estoy contenta, un sentimiento amargo me acompaña.

—¡No puedes dejarme! Yo te quiero. Voy a cambiar por ti. Te lo prometo.

¡Cuántas veces habré escuchado esas falsas palabras! ¡Cuántas veces me las he creído y he dado marcha atrás en mi decisión! Pero hoy no, hoy es diferente. Hoy he salido corriendo. He huido y no me siento cobarde por ello, porque por primera vez, he marchado hacia mi libertad. ¿Y quién sabe? Quizás, hacia mi felicidad.

De repente me acuerdo de él. <<¿Cómo estará?>> A pesar de todo, le quiero, ha sido mi compañero y amigo durante seis años. Pero, ¿realmente habrá sido también mi amor?

Seis duros y largos años donde he reído, es verdad, pero también he llorado y mucho. He aguantado sus salidas y llegadas a altas horas de la madrugada, sus borracheras nocturnas y sus resacas mañaneras. He sido testigo de cómo, poco a poco, se iba consumiendo, y lo que es peor, como yo me iba consumiendo con él. He soportado cómo me achacaba diariamente, la culpa de todo lo malo que ocurría, he sido víctima de sus inseguridades creando con ello mis propias inseguridades, de su mal humor y de sus faltas de respeto hacia mí.

¡No sirves para nada!
¡La culpa es sólo tuya, ¿me escuchas? Tú sabrás como vas a arreglar todo este caos, pero lo vas a hacer y lo vas a hacer sola, ¿me has entendido?

¿Dónde vas con esa ropa y tan maquillada? Pareces una fulana.

Y así podría seguir diciendo todas y cada una de las palabras que me ha ido dedicando durante todo este tiempo, porque las tengo clavadas en mi cabeza y en lo más profundo de mi alma, como un frío puñal hincado en el centro de mi corazón. Pero todo ha terminado y ya no hay marcha atrás. He dado un paso hacia mi tranquilidad. Hoy comienza un nuevo día.

Me quito las botas, me levanto y comienzo a pasear por la orilla. El agua fría acaricia mis pies, hasta este momento, calientes por el calor que guardaban dentro de mis botas. El contraste de temperatura, lejos de molestarme, me agrada. Es justo como me siento ahora mismo. Un contraste de sentimientos enfrentados habitan dentro de mí. No quiero llorar, no debo hacerlo. Él no se merece que derrame ni una lágrima más por él. Debo ser positiva y mirar de frente.

Una ola choca cerca de mí, salpicándome algunas gotas que me alcanzan la cara y se mezclan con mis saladas lágrimas. Saco un pañuelo del bolsillo de mi pantalón y me seco las seco con seguridad. Lo he decidido: no voy a llorar más. Tengo que ser egoísta y pensar en mi bienestar. Él ha querido abandonarse y yo, lamentablemente, no puedo hacer nada más por él. Ahora voy a mirar por mí, sólo por mí. Voy a luchar a contracorriente, como las conchas que pasan cerca de mis pies y luchan contra el agua que las van empujando.

Quizás mi familia no me apoye. Me juzgarán porque, según ellos, habré abandonado a mi hombre cuando más me necesitaba. Quiás tengo que luchar sola contra todo y todos. Pero hoy, más que nunca, voy a ser fuerte. Hay muchas personas que lo han conseguido. ¿Por qué yo no?


Sigo paseando descalza, sintiendo en mis pies la suave arena de la playa acompañada por el agua que se acerca a acariciarme, a consolarme, a mimarme. Mi cabeza vuela hacia lo que pasó hace apenas un par de horas, el detonante de mi huida, del abandono del hombre que ha sido mis ojos durante seis años.
Estaba en casa, cocinando su comida favorita. Quería sorprenderle. Hoy era nuestro sexto aniversario. Estaba ilusionada y aún recordaba feliz, las palabras que me dedicó la noche anterior mientras hacíamos el amor. Quizás no eran las más bonitas que haya escuchado en mi vida, pero a comparación de todas las que últimamente me regalaba, eran mágicas. 

De pronto un golpe fuerte me sobresaltó, devolviéndome a la realidad. Él ya había llegado del trabajo. Escuché golpes procedentes del salón, ruidos que parecían figuras romperse, golpes a los muebles, sillas caerse… Apagué el fuego y asustada, me dirigí hacia el lugar de donde procedían los golpes. 


Ahí estaba él, tirando y rompiendo todo lo que encontraba a su paso, fuera de sí. Tenía los ojos muy abiertos y la mandíbula desencajada. Yo intenté esconderme detrás de la puerta. Tenía miedo. No quería que me viera, pero fue inútil. Él se dio cuenta de mi presencia y se acercó a mi. 


Me han despedido del trabajo. Maldita sea. 

Me dio un empujón tirándome al suelo.


No vamos a poder seguir pagando la hipoteca. Vamos a vivir como unos pobres miserables. 

Se agachó a mi lado y me agarró la cara con fuerza.


Tú tienes la culpa de todo. Sí, tú, maldita mujer. Si trabajaras podríamos seguir manteniendo nuestra vida. Pero no vales para nada. No haces nada bien. ¿Quién te va a querer contratar a ti?

En ese momento, con la palma de la mano abierta, me dio un bofetón. Yo intentaba levantarme, pero su fuerza era superior a la mía. Después de un rato tirada en el suelo, recibiendo insultos y algunos golpes más, sonó su móvil. <<Bendito móvil>>.  El teléfono quizás me salvó de un final desastroso. 


Se levantó, aceptó la llamada y sin decir nada, salió de casa pegando un portazo.
En ese momento supe que tenía que irme de allí. Dejarlo todo atrás y comenzar una nueva vida, sola. Era la primera vez que me golpeaba y estaba segura que también sería la última.

Me vuelvo a sentar cerca de la orilla para sentir como la brisa acaricia salvajemente mi cabello. La tristeza vuelve a apoderarse de mí y aunque intento ser fuerte, no puedo controlar mis lágrimas. Apoyo mi cabeza en las rodillas mientras éstas son abrazadas por mis manos.

No sé cuánto rato estoy en esa posición, cuando siento que algo suave acaricia mis manos y empieza a girar a mí alrededor. Levanto la cara y justo delante de mí, delante de mis ojos, hay una bolita de pelo blanco. Es un perro.

—Hola bonito, ¿qué haces aquí? ¿Dónde está tu dueño?

El perro agacha la cabeza mientras mueve la cola tristemente. Me fijo en su pata y me percato de que está herido. Lo tomo en brazos y acunándolo, me acerco a la orilla y le limpio la sangre que tiene en ella. En ese momento soy consciente de que esa preciosa criatura y yo tenemos algo en común: los dos estamos solos.

Una vez limpiada la herida, el animal me lo agradece lamiéndome las manos con su cálida lengua. Lo dejo en el suelo y comienza a saltar, a tumbarse para que lo acaricie y a corretear entre mis piernas.

Por un momento me olvido de todo y me centro en esa pequeña criatura. De repente la curiosidad se apodera de mí, me agacho, le hago girarse sobre su lomo y lo observo. Es una perrita. La vuelvo a mirar y su cola me saluda alegremente, mientras sus ojos brillantes siguen clavados en mí. A pesar de su soledad y de sus heridas está contenta. Me demuestra que hay que luchar a pesar de las adversidades y aunque existan obstáculos, hay que mirar la vida con energía.

Me vuelve a lamer con cariño. Soy una desconocida para ella pero eso parece no importarle porque me da todo el cariño que hoy necesito y nadie más me está dando. En ese momento lo tengo claro. Asha será mi nueva compañera en esta aventura que es la vida.

Hoy comienza un nuevo día… Para Asha, para mí.




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