martes, 10 de noviembre de 2015

"EL AMULETO DE MI DESTINO" CAPÍTULO 1


CAPÍTULO 1

Londres, año 1831…
Los primeros rayos de sol entraron por el enorme ventanal de la habitación donde dormía Ruth, sacándola del sueño espantoso que había tenido aquella noche. El engaño de su marido volvió a estar presente en su pesadilla, algo que no la había dejado descansar todo lo bien que necesitaba. Cuando se despertó, se inquietó al no saber dónde se encontraba, abrió los ojos como platos y tuvo que pellizcarse para comprobar que no era un sueño lo que estaba viviendo.
No reconocía aquella habitación donde había amanecido, era el doble de grande que el dormitorio de matrimonio de su casa. Su cama de forja había sido reemplazada por una de madera de roble con dosel, de la que caían unas finas cortinas de color granate con estampados en beige. Dirigió su mirada a la enorme ventana que daba a un amplio balcón, ocupando la mayor parte de la pared derecha y que estaba adornada con unas cortinas similares a las que colgaban del dosel de la cama. Su televisión de plasma había desaparecido y en su lugar, un gran armario del mismo tipo de madera que la cama con varias puertas y cajones, ocupaba toda la pared central. En la parte izquierda de la alcoba, había un tocador con algunos frascos de perfume y un peine de plata. Una silla tapizada con la misma tela beige que la colcha de la cama, completaba el perfecto conjunto de muebles. En la pared había un gran espejo colocado para que cualquiera que se mirase, pudiera verse de pies a cabeza y en el extremo de la habitación, había una jofaina para poder asearse.
No tenía ni idea de dónde estaba, pero lo que más le preocupaba no era eso, ¿cómo había llegado hasta allí?
Se levantó de la enorme cama y buscó con desesperación su teléfono móvil por toda la habitación. Tenía que llamar a alguien que pudiera explicarle dónde estaba, necesitaba pedir ayuda. Sin embargo, no había ni rastro de su iPhone 5.
Unos golpes en la puerta le hicieron regresar rápidamente a la cama. Estaba asustada por desconocer a la persona que llamaba a la puerta e intentó refugiarse entre las sábanas. El miedo a un posible secuestro se apoderó de todo su cuerpo. Sin embargo, cuando escuchó una voz conocida al otro lado, pudo respirar más tranquila. Por lo menos alguien cercano a ella iba a poder explicarle dónde estaba y qué hacía allí.
—¿Estas despierta cariño? —preguntó su madre en un perfecto inglés.
—Sí mamá, pasa por favor —respondió ella, también en inglés.
—¿Cómo amaneciste hoy, querida?
La pronunciación perfecta de su madre le sorprendió. No tenía ni idea de que estuviera aprendiendo tan rápido aquel idioma que a ella tanto le había costado adquirir en su adolescencia.
<<Esta mujer se está tomando muy en serio sus clases de inglés con el nativo que le está enseñando a sus amigas y a ella.>> Pensó Ruth todavía nerviosa.
Cuando Anne se acercó a la cama donde estaba acostada su hija, ésta se lanzó a sus brazos para desprenderse de toda la tensión que llevaba horas acumulando en su cuerpo. Anne la acunó con un fuerte abrazo como cuando era pequeña, dejando que su hija llorara sobre su hombro todo el tiempo que necesitara.
—¿Estás más tranquila cariño? —preguntó su madre con dulzura mientras retiraba algunas lágrimas de las mejillas de Ruth con un pañuelo de seda.
—Mamá, ¿de qué vas disfrazada? —interrogó horrorizada.
Ruth se fijó en el atuendo tan peculiar que llevaba puesto su madre: un vestido largo hasta los pies, de manga larga y en color blanco con flores estampadas en azul. Una vestimenta con la que jamás había visto a su madre.
<<Seguro que ese camisón lo usaba mi abuela cuando era joven para dormir y mi madre lo ha debido encontrar en alguno de sus cajones. Todo lo guarda, aunque sea más antiguo que Matusalén.>>
—¿Te gusta? Es el nuevo vestido de mañana que me ha regalado tu padre. El otro día fuimos a una de las mejores modistas de la ciudad y me lo ha confeccionado a mi gusto. Cuando te recuperes del todo, tú también deberías ir para completar tu armario.
—No me gusta nada el vestido, es horrible. Demasiado —Ruth buscó la palabra exacta—, clásico.
—Es un vestido de casa y es muy cómodo, cariño. ¡Eso es lo que importa!
Mamá, ¿quieres dejar de hablar en inglés? —preguntó algo mosqueada percatándose de que habían estado conversando en ese idioma todo el tiempo.
—¿Cómo quieres que hable? Es nuestra lengua.
Mamá, ¡no me tomes el pelo! Lo que pasó anoche es muy serio y aunque intentes hacerme reír para no pensar en lo que descubrí, me estás cabreando mucho más habló en español para que su madre usara también su idioma nativo. El enfado de Ruth seguía aumentando.
—No te entiendo hija. Será mejor que vuelva a avisar al médico. Estás hablando incoherencias —aseguró en inglés.
Cada minuto que pasaba, Ruth entendía menos lo que estaba sucediendo. Necesitaba una explicación y detalles para comprenderlo todo mejor, por lo que decidió armarse de paciencia y seguirle el juego a su madre. Solo así podría sacar algo en claro.
—No es necesario, mamá —Ruth volvió a usar el inglés—. Necesito que me expliques dónde estoy. No reconozco este lugar. Quiero que me lo cuentes todo, por favor.
—No te preocupes, Ruth. Empezaré desde el principio.
Según le contó su madre, Ruth llevaba casi dos semanas enferma. Una noche después de cenar, Anne se percató de que su hija mayor tenía una fiebre muy alta, con convulsiones repetidas y además usaba un lenguaje incoherente. Anne preocupada, mandó a su marido a buscar al médico. Después de inspeccionarla durante media hora, éste les comentó que su hija padecía la enfermedad de la muselina.
¿Y qué clase de enfermedad es esa? —preguntó atónita Ruth interrumpiendo a su madre.
—El médico del pueblo nos dijo que la enfermedad recibe ese nombre por la tela de la que están hechos algunos vestidos, la muselina. Unos días antes de que enfermaras, acudiste al baile de aniversario de Marie. ¿Te acuerdas? —Ruth negó, no sabía ni siquiera quién era la tal Marie—. Hacía mucho frío esa noche pero tú te empeñaste en ir solo con uno de tus vestidos sin nada de abrigo encima. Aquel día estaba lloviendo muy fuerte y volviste totalmente empapada. Esa fue la causa de tu elevada fiebre y de tu crisis de tos. El doctor nos comentó que, posiblemente cuando la fiebre bajara y recuperaras la consciencia, te encontrarías aturdida.
<<Resumiendo, me he cogido una gripe de mil demonios.>> Pensó Ruth.
—Dos días después de que enfermaras, tu padre recibió la visita de un mensajero de la cámara de lores. En una carta le informaban que había heredado el título de conde de Lendmunt debido a que el actual conde, un primo lejano suyo, había fallecido inesperadamente y sin descendencia directa, el siguiente en la línea de sucesión era tu padre. Papá se vio obligado a dejar su taller de herrería y aceptar el título dónde además del nuevo cargo, heredaría esta mansión en Londres, una hacienda en St. Munt y una pequeña fortuna. Yo no quería viajar hasta que estuvieras totalmente recuperada, pero era urgente nuestra partida. Durante horas, estuvimos discutiendo sobre nuestro viaje. Yo temía que tu enfermedad se agravara por el largo camino que tendríamos que recorrer desde nuestra aldea natal hasta aquí, pero tu padre se excusaba diciendo que debía cumplir con sus obligaciones. Yo intenté por todos los medios convencerlo, e incluso le acusé de no importarle tu salud y sé que aquel ataque le dolió en lo más profundo de su corazón.
—Vosotras sois lo más importante para mí y si acepto viajar de inmediato a Londres es precisamente pensando en vuestro bienestar, sobre todo en el de Ruth. Con el nuevo título a mis espaldas, tendremos mayor facilidad a la hora de conseguir un buen médico que se encargue de la recuperación de nuestra hija —había expuesto Boris a su esposa para terminar de convencerla.
El padre de Ruth trabajó toda la noche acomodando el carruaje de caballos para que el traslado de su hija fuera lo más confortable posible. Después de un largo día de viaje, llegaron a Lendmunt House y rápidamente ordenó que preparasen y adaptaran el dormitorio que ocuparía su hija mayor. En menos de una hora, su habitación estaba lista. Un criado subió a Ruth en brazos hasta sus aposentos y Boris llamó a un buen médico para que inspeccionara a su hija de nuevo. El doctor le cambió la medicación por una más cara pero a la vez más efectiva y le ordenó mantener reposo absoluto. Anne e Irene, la hermana menor de Ruth, se encargaron de cuidarla y bajarle la fiebre durante horas, igual como habían estado haciendo durante largos días y pesadas noches.
Ruth escuchaba atónita a su madre. Todo lo que le estaba contando parecía sacado de una novela o de una película. Aquello no podía ser cierto.
—Eso es muy poco creíble, mamá. ¿Quién podría creerse una historia tan inverosímil?
—Lo sé cariño, es muy raro. A nosotros también nos sorprendió, tu padre no sabía ni siquiera de la existencia de ese primo suyo. Pero es cierto y aquí está la prueba de ello. Esta casa y todo lo que hay ahí fuera es de tu padre. Ahora él es el conde de Lendmunt y yo la condesa. Nuestra vida ha cambiado en tan sólo unos días y ahora tendremos que poner todos nuestros esfuerzos por adaptarnos a esta nueva situación. Debemos estar a la altura.
—¿Y has dicho que ahora vivimos en Londres? —Ruth preguntó sin creer nada de lo que su madre le decía.
—Sí cariño, aunque pronto viajaremos a St. Munt.
—¿Y eso dónde está? —fingió interesarse para ver si su madre dejaba de bromear.
—Es una hacienda que hemos heredado en el campo, situada a las afueras de Brighton.
—¿Y supuestamente en qué año estamos?
En 1831, cariño.
<<¡Oh Santo Cielo! Si es cierto lo que me está contando… ¿He retrocedido doscientos años en menos de doce horas?¿Quién podría creerse algo así?
—Cariño, será mejor que descanses. Dentro de unos días tenemos nuestra fiesta de presentación en sociedad como los nuevos condes de Lendmunt. A tu padre y a mí nos gustaría que estuvieras presente y necesitas estar totalmente recuperada para asistir.
Lady Lendmunt besó a su hija en la frente y salió de la habitación, dejando a Ruth totalmente confundida. Estaba convencida de que su madre, o cualquier otra persona aliada con ella, le estaban gastando una broma de mal gusto. Todo lo que le había contado no podía ser cierto.
Ruth volvió a inspeccionar la habitación y cuando dirigió la vista al tocador, vio algo que la hizo dudar aún más. Se levantó decidida y fue hasta allí para coger el objeto que había llamado su atención. Entre sus manos tenía el amuleto, la esmeralda que le regaló la anciana el día anterior. Volvió a recordar el deseo que pidió justo antes de dormirse y la extraña luz que desprendió la gema de su colgante tras su demanda. ¿Tendría algo que ver aquel amuleto con todo lo que estaba viviendo en ese momento? ¿Realmente aquel cambio tan radical era lo que deseaba para su destino?
<<No, definitivamente no quiero esto. Si es cierto lo que me ha contado mi madre, deseo volver a mi casa, a mi trabajo y a mi rutina, aunque eso conlleve enfrentarme a mi nueva realidad sin Antonio.>>
—Necesito recuperar mi vida anterior —pidió con todas sus fuerzas apretando el amuleto entre sus manos.
Esperaba que la esmeralda volviera a iluminarse como hizo cuando pidió su anterior deseo, pero para desilusión de Ruth, aquello no sucedió. Resignada a esperar el tiempo que hiciese falta para que aquella pesadilla terminara, se miró en el espejo y volvió a colocarse su amuleto alrededor del cuello. Realmente le encantaba aquella piedra y aunque ya se hubiera vuelto inservible por haber gastado su deseo, adornaría su escote con ella.
Se miró en el espejo y lo que vio la desconcertó. Su aspecto era realmente el de una persona enferma. Tenía unas grandes marcas oscuras debajo de sus ojos y su rostro estaba pálido, sin rastro alguno de color. Sus facciones eran muy pronunciadas debido a su extrema delgadez. ¡Tenía la cara esquelética!
—Es como si hubiera pasado mucho tiempo sin comer. —Se observaba preocupada. <<¿Realmente habré estado enferma?>>
—Doce días y seis horas exactamente —respondió una voz detrás de ella sobresaltándola. No había escuchado la puerta abrirse y no esperaba que nadie estuviera en la habitación.
Pero cuando reconoció el timbre de voz de aquella persona, se giró rápidamente y corrió hacia la recién llegada, que la recibió con los brazos abiertos, como si llevarán años sin verse.
Realmente Ruth llevaba meses sin ver a su hermana Irene. Por motivos de trabajo ella había tenido que viajar a Irlanda y durante ese tiempo, le había echado mucho de menos. Pero eso era en su vida pasada, en esta nueva que acababa de comenzar no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban sin verse.
 —Te he echado de menos, enana. —Usó el apelativo cariñoso con el que siempre se dirigía a ella.
Solo hace quince horas desde que vine a verte, ¿tanto me necesitas? —Rió Irene contagiando a su hermana Ruth—. Y otra cosa, ya no puedes decirme enana, tú te has quedado bastante más delgada que yo. —Irene volvió a besar a su hermana, se alegraba de que estuviera tan mejorada. Había temido mucho por su salud en los últimos días.
Irene tenía los ojos claros como Ruth, pero a diferencia de ella, su pelo era oscuro como el carbón. Era dos años más pequeña que Ruth pero siempre se habían llevado de maravilla. No podían pasar la una sin la otra. Además de ser hermanas eran las mejores amigas que podían existir en el mundo y entre ellas no había secretos.
Irene obligó a su hermana a sentarse en la silla del tocador, cogió el peine de plata que había sobre él y empezó a alisarle el cabello con delicadeza. Ruth sintió la necesidad de desahogarse con ella y mientras era mimada por su hermana pequeña, decidió contarle todo lo que había pasado en las últimas horas. Comenzó por la discusión con Antonio y cómo lo descubrió engañándola con otras dos mujeres en un local de alterne. Irene no conocía a ese tal Antonio del que hablaba su hermana, pero no quiso interrumpirla y la dejó que siguiera hablando. Había echado de menos su timbre de voz. Ruth siguió contándole cómo conoció a la anciana que le había regalado el amuleto y cómo su deseo había cambiado el destino, no sólo de ella sino al parecer, el de toda la familia.
—Irene, todo es por mi culpa. Yo os he traído hasta aquí.
—No eres la responsable de nada, Ruth. Estamos aquí porque nuestra suerte ha cambiado dándonos una nueva vida, mucho mejor de la que teníamos. Papá ha heredado todo lo que ahora tenemos y si alguien es el causante de ello, es su primo lejano por haber muerto.
—Pero yo pedí este deseo. ¿No me crees verdad?
—Será mejor que descanses. —Irene ignoró la pregunta de su hermana,  no quería alterarla ni contradecirla. Aquella reacción que estaba teniendo Ruth ya se la esperaban, el doctor se lo había advertido en una de sus primeras visitas.
Ruth asintió decepcionada, esperaba que su hermana creyera en su palabra pero su silencio la delató. Se tumbó en la cama como le había ordenado Irene y ésta la arropó con las suaves sábanas y la preciosa colcha.
—Dentro de unos días lo entenderás todo mucho mejor —aseguró Irene antes de cerrar la puerta del dormitorio.
Pero no iba a entenderlo mejor, ni ese día ni ningún otro. Se sentía impotente. Por esa misma regla de tres ella también estaba en su derecho de no creer la historia que le había contado su madre y su hermana. Sin embargo, eran dos testimonios a favor, en contra del suyo propio y seguramente no sería la última vez que escuchara aquella historia de cómo se habían convertido en parte de la nobleza, de la noche a la mañana.
Con enfado y rabia, se acurrucó entre las sabanas y con lágrimas en los ojos, volvió a quedarse dormida con un último interrogante en su mente:

<<¿Estaré confundida y será esta la vida que he tenido siempre?>>


1 comentario:

  1. Me encanta me ha enganchado desde el principio la leere entera despues de la otra

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